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[CRÍTICA] ‘Rogue One’ nos abre la puerta trasera del universo ‘Star Wars’

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Más oscura y alejada del buenismo que otras entregas de la saga, ‘Rogue One’ nos enseña que la esperanza aún sigue viva. Gareth Edwards se une a la rebelión componiendo, aunque no con todos los aspectos a su favor, una obra que no deja de transmitir su carácter separatista.

Casi desde sus primeros pasos, Rogue One ha ido acompañada de una ligera niebla que, espoleada por numerosas polémicas, ha aumentado hasta cubrir por completo el territorio de la película. Escasos meses después de comenzar el rodaje, varios medios de comunicación se hicieron eco de una noticia tan contundente para los admiradores como un martillazo neumático directo a los cimientos de la saga: Disney no estaba contento con el producto de Gareth Edwards, por lo que el estudio ordenó rodar nuevas escenas que modificasen, sobre todo, el tono de la cinta. Más humor, menos oscuridad. Puro material de derribo, ajustado a los códigos de una saga erigida como templo de la cultura pop, siguiendo la estela del Episodio VII y su particular homenaje a la obra de Joseph Campbell, El héroe de las mil caras. En otras palabras, el director debía narrar los hechos bajo una estructura delimitada, claustrofóbica para cualquier creador. A pesar de haber sido diseñada como antesala de Star Wars: Una nueva esperanza, la cinta no podía olvidar su carácter continuista, porque todos y cada uno de los fans tienen sentirse como en casa. La liturgia estaba clara: tipografía azul, secuencias rápidas de inicio, logo gigantesco y la batuta de John Williams tirando de nuestros carrillos hasta formar la sonrisa del que lleva tiempo preparándose para disfrutar, desde la grada, de una lucha sin cuartel entre dos bandos: rebeldes e imperialistas. Edwards, director de ese Godzilla admirador del Steven Spielberg más ochentero, creció con lo que Lucas había creado en 1977: un producto fan que se acercaba formalmente a determinadas cintas de Akira Kurosawa y que operaba bajo la influencia de Flash Gordon.

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Esa referencia a La guerra de las galaxias persiste hoy día en la manera de diseñar nuevas entregas, lo que nos induce a pensar en que quizá su sombra sea demasiado alargada para que los directores (el próximo en pasar por la palestra para presentar su Trabajo de Fin de Grado es Rian Johnson, con el Episodio VIII) se atrevan a traspasar la línea entre la imitación y la expansión real. En aras de ese punk que se eleve sobre suelo sagrado, nos encontramos ante unos créditos iniciales que sólo pueden significar una cosa: Rogue One se esfuerza en ser un verso libre, con el estigma de la franquicia bajo la piel y los músculos, cerca del corazón, pero sin permitir que salga a la superficie. Y, en contadas ocasiones, lo consigue. Tranquilo, lector, el proceso de inicio a la aventura es idéntico al fundacional, son las formas de narrar los hechos las que están alejadas de las primeras trilogías. La clave de este abrazo al separatismo cinematográfico nos la proporciona Michael Giacchino, cuando su composición nos despierta de esa ensoñación a la que nos dirigimos justo antes de ver cualquier imagen de Star Wars: eh, aquí no han venido ni George Lucas, ni tampoco J.J. Abrams para llevarte de la mano, así que prepárate, estás ante algo totalmente nuevo. Y, efectivamente, Edwards no se despega de esa filosofía en toda la película, sometiendo las fórmulas archiconocidas de la saga a su manera de construir mundos. Ya no se trata de elaborar pequeñas historias que giren en torno al mismo leitmotiv, sino de exponer los hechos que iniciaron la Gran Guerra entre el bien y el mal. Algo así como encomendarse al mundanal ruido de aquellos (espías rebeldes y multiétnicos) que se sacrificaron por un mundo mejor, pero que quedaron sepultados por las grandes gestas de otros héroes más carismáticos. La Historia les debía su minuto de gloria.

Quizá en esa demostración de impostura (añadir figuras sin ninguna profundidad moral al ya boyante catálogo de personajes) resida el mayor problema de Rogue One: perder credibilidad a través de una cuestionable dirección de actores -Lucas salve a Ben Mendelsohn y Mads Mikkelsen. Estamos ante un blockbuster arrebatador, que exuda clima intergaláctico, batallas y vuelos imposibles por los cuatro costados, que se atreve incluso a presentar un clima político-social actual como la guerra de guerrillas en ciudades de Oriente Próximo. Pero nos cuesta creer en la causa de un grupo de rebeldes que se mueven en las set pieces como si todo fuera un simulacro, con la autoconsciencia de haber entrado en la catedral del cine pop por la puerta de atrás. Ante la evidente falta de pasión, Edwards responde con un abanico de géneros y se agarra a estilos más clásicos, cuya trascendencia dramática es infinitamente superior a sus fuegos artificiales. De modo que, tras un primer acercamiento al western, Rogue One se convierte en lo que todos queremos: una space-opera cargada de secuencias hiperbólicas que nos hacen olvidar la indiferencia de Felicity Jones, Diego Luna y compañía. Lo que no se le puede negar a este primer spin-off es que, al menos, mantiene cierta coherencia en sus decisiones, no sabemos si porque se dedica a pintar un contorno ya dibujado o porque de verdad es la película que necesitaba la saga -esforzada en retrotraernos a la épica bélica de los años 50. Disney sabe poner la mano, y también tenderla, porque si la rebelión se construye con esperanza, recuperar la crudeza melodramática de la primera trilogía (sin perder la diversión) ha sido, independientemente de las caras que lo representan, todo un acierto.

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